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Mourão, el moderado

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El regreso de los generales al poder en el gobierno del capitán que se está convirtiendo en la cabra de la sala

En agosto de 2018, Eduardo Bolsonaro dijo en una entrevista para el periódico Folha de S. Paulo: “Siempre he aconsejado a mi padre que escogiera como vicepresidente a un tipo ‘cuchillo en la calavera’. Tiene que ser alguien con quien se lo piensen dos veces antes de pedir un impeachment”. Tras varios intentos fracasados, Jair Bolsonaro acabó eligiendo al general de la reserva Hamilton Mourão para que fuera el vicepresidente de la lista que se alzó con la victoria. Cumplía el requisito expuesto por el tercer hijo, el de proteger al presidente, desde la sombra de las Fuerzas Armadas.

Por un lado, un país que vivió 21 años de dictadura militar, durante la cual centenas de personas fueron secuestradas, torturadas y asesinadas, debería resistirse al regreso de un general al mando de la nación. Hasta entonces, los que defendían que volviera la dictadura militar formaban un grupo minoritario, medio alocado y siempre metido en los movimientos de la “nueva derecha”, en la Avenida Paulista, el epicentro de las manifestaciones callejeras en Brasil. Por otro lado, el vicepresidente estaría en sintonía con los cuarteles para garantizar la presidencia, mucho más que un capitán que llegó a ser arrestado por indisciplina y que, en las últimas tres décadas, se ha convertido en político profesional. El vicepresidente “cuchillo en la calavera” sería un seguro contra impeachments para Bolsonaro.

Hoy, al final de un primer mes de gobierno con más crisis que cualquiera de los anteriores, el “mito” empieza a ser desmitificado por parte de los mitómanos que lo eligieron, ya recibe críticas graves dentro de su partido y el descontento en el núcleo duro del gobierno es perceptible. Mourão, que hasta entonces se le conocía por su lengua suelta y truculenta sobre sus cuatro estrellas en el pecho, se ha vuelto, por comparación, un ejemplo de sensatez, diplomacia y buenos modales.

En Brasil, existe una expresión popular: ser la cabra que está en la sala. Es fácil de entender. Si de repente hay una cabra en la sala, deja de importar incluso lo que antes molestaba bastante, pasa a ser hasta bueno. No se puede pensar en otra cosa que no sea sacar a la cabra. Bolsonaro se está convirtiendo rápidamente en la cabra que hay en la sala. Y, súbitamente, otros especímenes se vuelven aceptables.

El general “cuchillo en la calavera” recibe elogios de diplomáticos como el embajador de Alemania, que dice que ha tenido una conversación “excelente” con Mourão, y le hace carantoñas a la prensa por el Twitter, la misma red social en la que la familia Bolsonaro ataca a los periodistas, algo que funcionó en la campaña pero que muestra señales de agotamiento. Mourão, el gentleman, tuiteó el 23 de enero: “Quiero agradecer la atención prestada y felicitar por la dedicación, el entusiasmo y el espíritu profesional a todos los periodistas que me reciben cuando llego y se despiden cuando dejo el anexo de la vicepresidencia. ¡Buenos reportajes a todos!”.

Todo es una cuestión de referencia. Y, cuando la referencia es Bolsonaro, es fácil que un Mourão de turno suene moderado. En caso de naufragio, cualquier tabla de madera se convierte en barco.

¿Mourão ha mejorado? No. ¿Bolsonaro ha empeorado? No. Lo que pasa es que ahora Bolsonaro es presidente. Sería bueno que Jair se acostumbrara, pero Jair no se acostumbra. Aún cree que está haciendo campaña y que seguirá ganando a base de gritar en las redes sociales.

La serie de tuits que publicó tras saberse que el diputado federal electo Jean Wyllys, del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), dejaría el país por miedo a que lo maten es la expresión del comportamiento de Bolsonaro. Wyllys, el primer diputado declaradamente gay en asumir un escaño en el Congreso, iniciaría en febrero su tercera legislatura. Como recibía amenazas de muerte todas las semanas, iba con escolta policial desde marzo de 2018, cuando a su compañera de partido, la concejala de Río de Janeiro Marielle Franco, le reventaron la cabeza a tiros, un crimen que todavía sigue sin resolver e impune.

Entre las amenazas que recibió el diputado, estaban las siguientes, según difundió el periódico O Globo: “Te mataré con explosivos”, “¿te imaginas a tus familiares violados y decapitados?”, “te romperé el cuello”, “las cámaras de seguridad que has puesto no servirán de nada”. Y esta: “Vamos a secuestrar a tu madre, violarla, desmembrarla en varias partes que te mandaremos por correo a lo largo de los próximos meses. Matarte sería un regalo, ya que aliviaría tu existencia tan mediocre. Por eso agarraremos a tu madre, entonces sufrirás”.

Dos horas después de que saliera la noticia de que se iba de Brasil, Wyllys recibió este mensaje: “Tu deuda con nosotros está saldada. Ya no vamos a perseguirte ni a ti ni a tu familia, como prometido. Incluso después de casi dos años, estamos aquí yendo a por ti y la policía no puede hacer nada para pararnos”.

¿Qué debería hacer el presidente de un país en el que un diputado se ve obligado a dejar su cargo para salvar la vida? Desde luego, no mandar una serie de tuits, que empieza con “¡Gran día!” seguido de un pulgar levantado. Después, claro, Bolsonaro dijo que se refería al haber cumplido su “misión” en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza.

También a nivel escolar (bajo) estuvo su discurso en Davos. Tenía 45 minutos a su disposición para hablar sobre su proyecto para Brasil a un público internacional cualificado e influyente. Solo utilizó seis minutos y medio. Aparentemente, no tenía nada que decir. Ante el público de Davos, su presentación fue un “big fail” (gran fracaso), como definió el periódico estadounidense The Washington Post. En el púlpito, el presidente de Brasil sonaba como un colegial mediocre que presenta un trabajo copiado de un compañero, porque no había ni convicción. Las frases no se conectaban unas con otras.

“Fiasco” fue la palabra que utilizó una columnista del periódico francés Le Monde, en Twitter, para definir la participación del presidente de Brasil. Como si el bochorno fuera poco, Bolsonaro, el superministro de Economía, Paulo Guedes, el superministro de Justicia, Sergio Moro, y el superdelirante canciller, Ernesto Araújo, no comparecieron a la rueda de prensa. Dieron tres explicaciones diferentes para la falta de respeto que desconcertó a los periodistas y a los organizadores del foro. Ninguna convenció. Sin embargo, se sospecha que Bolsonaro temía que le hicieran preguntas difíciles sobre el escándalo que ronda a su primogénito y que alcanza la cuenta bancaria de su mujer. Después de todo, los periodistas que cubrían Davos no eran sus mascotas.

Bolsonaro, como presidente, es lo que siempre ha sido, aquel tío que avergüenza a todos en las fiestas, por ser zafio y corto. Nadie puede acusarlo de esconder su naturaleza. Siempre ha sido así. Podía fingir que era un “mito” mientras todo estaba a un nivel de hinchada de fútbol. Sin embargo, en la presidencia de la República, su figura se desplaza a otro lugar.

Ya no es Bolsonaro, el “mito”; tampoco es Bolsonaro, el “desto”. Es la presidencia de la República, un lugar con mística propia, ocupada por la mediocridad. Y la mediocridad es peligrosa. Los ojos de una parte del mundo, como en Davos, se dan cuenta y se horrorizan. “Me da miedo”, dijo Robert Shiller, premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Yale, después de escucharlo. “Brasil es un gran país. Se merece a alguien mejor.”

Algunos brasileños que votaron a Bolsonaro por razones muy diversas, pero que no perdieron la capacidad de hacer sinapsis, ven ahora a Bolsonaro con ojos de fuera del gueto. El desplazamiento, de la tribuna al palacio presidencial, vuelve el globo ocular permeable. No es casualidad que Bolsonaro tampoco consiga dejar el discurso de candidato. No sabe cómo ocupar el sitio de presidente. También él acusa la dificultad del desplazamiento. Después de todo, no era un juego. Ya no basta echar bravatas. Del presidente, la gente quiere resultados para su vida cotidiana. Y no quieren ver que el mundo se ríe a sus espaldas.

La divulgación de la imagen de Bolsonaro almorzando en un restaurante de autoservicio en Davos fue un intento típico de candidato en campaña para que el pueblo se identificara con él, pero la actuación real del presidente electo ofuscó la maniobra. El mundo no grita “¡mito, mito!”. El mundo está perplejo con el vacío de Bolsonaro, el mediocre, que lidera un país del tamaño de Brasil y que tiene la mayor parte de la selva amazónica en su territorio.

Bolsonaro ocupa el cargo, es un hecho, ya no hay nada que hacer. Se presenta ante el mundo y hace un discurso de colegial que estudia poco y no presta atención en clase. Incluso quienes hicieron campaña contra todo lo que representa querían que en ese momento algún asesor hubiera hecho el trabajo para el que le pagan. Porque ahora se trata de Brasil. El bochorno de Bolsonaro es la vergüenza de todos.

En este mundo en el que Bolsonaro es presidente de Brasil hay colegialas como la sueca Greta Thunberg, de 15 años, que a finales de agosto inició una huelga por el clima. Dejó de ir a clase y se plantó ante el Parlamento, en Estocolmo, para protestar día tras día contra la incompetencia y la omisión de los políticos ante la crisis climática. Desde entonces, Greta inspira a jóvenes que realizan protestas estudiantiles en diferentes puntos del planeta.

Cuando la invitaron a la Cumbre del Clima, en Polonia, Greta, con sus dos trenzas enmarcando su rostro redondo, hizo un discurso que viralizó por su inteligencia. Terminó dando el siguiente recado al público sénior e ilustre: “Hemos venido aquí a informar (a los líderes mundiales) que el cambio está en curso, lo quieran o no. La gente se unirá a este desafío. Y ya que nuestros líderes se comportan como niños, tendremos que asumir la responsabilidad que ellos deberían haber asumido hace mucho tiempo”.

Si Bolsonaro quiere comportarse como un colegial, que sea con el nivel de madurez de Greta. Es en ese mundo que Bolsonaro representa a Brasil. Un mundo que no tiene paciencia para un presidente sin nada que decir y para un canciller que afirma que el calentamiento global es un complot marxista. Como indica Greta, los problemas del mundo son demasiado grandes para que los adultos abdiquen de la madurez necesaria para una época de crisis climática, condenando a jóvenes como ella a tener un futuro muy malo, o incluso ningún futuro.

Es posible suponer que hombres con la vanidad de Paulo Guedes y Sergio Moro sufran un poco por tener que lucir su pecho de pavo de Navidad junto a Bolsonaro y su séquito en salones internacionales donde les gustaría brillar por su revestimiento intelectual. Pero si la cuestión fuera solo la mediocridad, se podría tolerar.

El problema es que el primer mes de gobierno termina —y es solo el primer mes de gobierno— con pruebas contundentes de que la familia Bolsonaro, y no solo el primogénito, Flávio Bolsonaro, puede estar involucrada en corrupción. Y la corrupción fue la gran bandera que movió a las masas en las protestas a favor del impeachment de Dilma Rousseff y en apoyo de la candidatura de Bolsonaro.

¿Cómo se explican, entonces, los ingresos en la cuenta bancaria del primogénito por parte del ex policía militar Fabricio Queiroz, exasesor, exchófer y siempre amigo de Flávio Bolsonaro? ¿Cómo se explican los 24.000 reales (unos 6.500 dólares) en la cuenta de la primera dama, Michelle Bolsonaro? ¿Cómo se explica el enriquecimiento de Flávio Bolsonaro, incompatible con su sueldo? ¿Cómo se explica que Flávio Bolsonaro haya pedido fuero al Supremo Tribunal Federal, y de momento se lo han concedido, gracias al increíble (en varios sentidos) magistrado Luiz Fux? ¿Cómo se explica que todos los implicados hayan hecho de todo para no explicarse?

Bolsonaro no sabe por dónde va. No sabe si debe comportarse como presidente de Brasil o como padre de un hijo mimado. Quizás porque no se puede desenredar el ovillo. Como cuando dijo al periódico O Globo: “No es justo perjudicar al chico, hacer lo que le están haciendo, para intentar hacerme daño. (…) A mi hijo, un fuerte abrazo. Tengo fe en Dios de que todo se aclarará, estoy seguro”.

El “chico” tiene 37 años, es senador electo de la República y fue diputado del estado de Río de Janeiro durante cuatro legislaturas. Además de enriquecerse rápidamente, el primogénito desarrolló el don divino de la omnipresencia, al conseguir la hazaña de estar en dos ciudades, dos estados, a la vez. Como reveló la BBC News Brasil, entre 2000 y 2002 trabajó en Brasilia como asistente técnico de gabinete del Partido Progresista Brasileño, partido de Bolsonaro durante su tercera legislatura como diputado federal, un empleo de 40 horas semanales. A la vez, cursaba el grado de Derecho en la Universidad Cândido Mendes y hacía prácticas en el Turno de Oficio del estado de Río de Janeiro.

Al preguntarle la periodista del The Washington Post Lally Weymouth sobre el escándalo en el que está involucrado su hijo, por haber “contratado a personas estrechamente relacionadas con miembros de bandas”, a Bolsonaro casi le dio un ataque: “Este no es un asunto del Gobierno, ni de tu incumbencia, pero te voy a dar mi opinión. El motivo es su apellido, Bolsonaro. Es el resultado de acusaciones políticas a mi gobierno”. En este momento, incluso los bolsonaristas fieles empiezan a pensar que las sospechas que acechan al primogénito son, sí, de la incumbencia de todos los brasileños.

Aliados estratégicos tanto en el impeachment de Dilma Rousseff como en el apoyo a la campaña de Bolsonaro empiezan a apartarse, como el Movimiento Brasil Libre (MBL), que solo se compromete con su propio proyecto de poder. Y como la diputada estatal Janaína Paschoal, una de las autoras del impeachment que derribó a Rousseff, que se afilió al partido de Bolsonaro y salió elegida por el estado de São Paulo con dos millones de votos. No hay sitio para tontos en este juego duro.

En una entrevista al periódico O Estado de S. Paulo, Janaína Paschoal afirmó: “(Flávio Bolsonaro) tiene todo el derecho a defenderse, a presentar todos los recursos, pero me parece complicado ver una reacción parecida a la que tuvo Aécio (Neves) y a la que todavía tiene Lula”. Y, en otro fragmento: “No puede haber secreto en la investigación. Imaginemos que el senador haya hecho algo mal. Si hubiera salido a la luz antes de las elecciones, probablemente no hubiera resultado elegido”. Paschoal también contó que su padre le preguntó si continuaría en el partido tras las denuncias. Está estudiando la legislación para saber si es posible dejar el partido sin perder el escaño.

Incluso al gurú del gobierno de Bolsonaro, Olavo de Carvalho, le molesta que lo llamen gurú del gobierno de Bolsonaro. Cuando un grupo de parlamentarios del partido fue a China, grabó un video en el que decía: “¿Y yo soy el gurú de esta basura? No soy gurú ninguna mierda”.

Un escándalo de corrupción en el primer mes de cualquier gobierno es un problema. Un escándalo de corrupción en el primer mes de un gobierno que asentó su plataforma en el discurso fácil de la anticorrupción es una pesadilla. Las sospechas, sin embargo, van mucho más allá de la corrupción. Alcanzan relaciones más peligrosas. Y no con un crimen cualquiera, sino con un crimen de repercusión internacional: el asesinato de Marielle Franco, una concejala negra, lesbiana y criada en una favela, que ocurrió hace casi 11 meses y la policía no ha terminado todavía la investigación. Al final de 2018, las autoridades responsables llegaron al fondo de un pozo sin fondo: intentaban desvendar por qué no conseguían desvendar el crimen. Hoy, finalmente, la investigación empieza a avanzar. Y se acerca mucho a la familia del presidente.

Flávio Bolsonaro puede estar relacionado con la milicia Escritório do Crime (Oficina del Crimen), principal sospechosa del asesinato de la concejala Marielle Franco (PSOL) y del chófer Anderson Gomes. La madre y la mujer del excapitán de la Policía Militar Adriano da Nóbrega, uno de los líderes de la milicia y actualmente prófugo, trabajaban en su gabinete. Como diputado estatal, Flávio concedió a Nóbrega la medalla Tiradentes, el mayor honor de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. En esa época, el entonces policía militar estaba en la cárcel por uno de los homicidios que se le atribuyen.

Las milicias de Río son organizaciones criminales formadas mayoritariamente por agentes del Estado relacionados con las fuerzas de seguridad, como policías civiles y militares, bomberos, guardias penitenciarios e integrantes del Ejército. Los varios episodios en que Flávio Bolsonaro apoyó y protegió a estos criminales que extorsionan y aterrorizan a los barrios pobres, y matan por encargo, ahora se recuerdan. Las conexiones se vuelven más explícitas a la luz de los nuevos hechos.

El presidente que, al ser investido, liberó la posesión de armas de fuego en un país con casi 64.000 asesinatos al año tiene un hijo que se relaciona con las milicias que producen crímenes. Es interesante observar la diferencia de raseros: el hijo de 37 años, senador electo, sería un “chico” víctima de una campaña difamatoria para perjudicar a su gobierno, en la versión del presidente de Brasil. Pero para los hijos de los otros, la mayoría negros y pobres, los que de hecho son chicos, el grupo de Bolsonaro defiende que se los encarcele. O que se les aplique la pena de muerte. Para su propio hijo, que se aumente la mayoría de edad penal a, vamos a poner, 40 años. Para los hijos de los otros, que se reduzca la mayoría de edad penal.

Queiroz es una bomba de relojería justo en medio de la mesa con pan con leche condensada y vasos de plástico de la familia Bolsonaro, aquella que apostó en el marketing del “gente como nosotros” en la campaña electoral. Pero ¿quién quiere ser ahora como ellos?

Solo durante el primer mes de gobierno, la familia Bolsonaro es sospechosa de estar implicada en corrupción y de tener relación con la milicia que puede haber asesinado a una de las concejalas más activas de izquierda de la nueva generación de parlamentarios. ¿Qué sucederá en los próximos meses o los próximos cuatro años? La pregunta no solo acecha a los opositores, empieza a quitarles el sueño a los aliados.

Puede no ser un problema para Paulo Guedes, ya que los llamados “Chicago Boys” no tuvieron dilemas morales o éticos para dirigir la economía en la dictadura de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1990, en Chile. Implantaron un programa extremista neoliberal que solo podía existir en un régimen de excepción, que no tiene que convencer a la sociedad o negociar con ella, solo imponer medidas por vía autoritaria.

Sin embargo, puede ser un problema para Sergio Moro, que anhela pasar a la historia como el héroe anticorrupción, el superjuez de la Operación Lava Jato que “limpió” Brasil. Sergio Moro puede que se esté preguntando cómo lo hará para no mancharse la capa en las cloacas de los Bolsonaro. Ya no era fácil convivir con ministros que ven a Jesús en un guayabo y acusan a la izquierda de criminalizar el aire acondicionado. Pero el dedo de Queiroz en la cuenta bancaria de la primera dama es de otra envergadura.

Cuando Bolsonaro se destacó como posible ganador de las pasadas elecciones, diferentes élites se acercaron a él con la certeza de que podrían usar su popularidad para llegar al poder, o para mantenerlo. Algunos sectores del Ejército sabían que era un capitán que no respetaba la jerarquía, un subordinado que ya había demostrado que no podía controlársele, lo que determinó no solo que dejara las Fuerzas Armadas sino también que iniciara una carrera de casi tres décadas como diputado bufón. Aun así, decidieron arriesgarse.

¿Se equivocaron? Depende del punto de vista y de los objetivos. La operación que llevó al poder a un capitán de la reserva notable por su falta de preparación, pero muy popular, es brillante. Bolsonaro no representaba a las Fuerzas Armadas. Lo que podía representar, con casi 30 años en el bajo clero del Congreso, es el bajo clero del Congreso. Pero Bolsonaro utilizó al Ejército y el Ejército lo utilizó.

El tercer hijo, Eduardo Bolsonaro, no estaba totalmente equivocado al decir que su padre estaría fuera del alcance de un impeachment si tuviera a un general como vicepresidente. Reconocía el trauma que dejó la dictadura y, a la vez, utilizaba ese mismo trauma a favor de la familia. Aparentemente, sería muy difícil que un general saliera elegido por el voto en un país que sufrió 21 años de régimen de excepción comandado por una secuencia de generales. Aparentemente, sería difícil que los brasileños dejaran que un vicepresidente que también es un general pasara a ocupar el puesto máximo de la República. Aparentemente, Mourão utilizaría su proximidad con las Fuerzas Armadas para proteger el mandato de ambos.

Al apoyar la elección de Bolsonaro, los generales en activo y de la reserva consiguieron una hazaña como estrategas políticos. La composición del gobierno de Bolsonaro es compleja. Pero, de todo lo que es, es un gobierno militarizado: el vicepresidente es un general de la reserva, el portavoz es un general en activo y siete ministros —un tercio del ministerio— son militares. Como escribió el periodista Rubens Valente en un reportaje de Folha de S. Paulo del 20 de enero, ya son más de 45 los militares nombrados o a punto de ser nombrados en 21 áreas del gobierno, “desde la asesoría de la presidencia de la Caixa Econômica hasta el gabinete del Ministerio de Educación; desde la dirección general de la hidroeléctrica Itaipu hasta la presidencia del consejo de administración de Petrobras”.

El número de militares en el gobierno crece día tras día. Es un gran poder no solo de influencia, sino también de acción, con “una fuerza económica que sobrepasa los cientos de miles de millones de reales”. ¿Qué falta para ser un gobierno militar? Esta pregunta no tiene una respuesta fácil, pero la respuesta se está construyendo.

Las Fuerzas Armadas, y especialmente el Ejército, consumaron la proeza de volver al poder en la democracia. Se lo deben a Bolsonaro. El entonces diputado, con su estridencia e histrionismo, prestó varios servicios al cuerpo castrense. Brasil no se ha enfrentado a su pasado. Los secuestradores, torturadores y asesinos al servicio del Estado durante la dictadura militar (1964-1985) nunca recibieron ningún castigo, a diferencia de lo que se hizo de manera ejemplar en países vecinos, como Argentina y Chile. La operación de borrar la memoria tuvo un coste alto para Brasil y es uno de los principales factores que han llevado al país a la situación actual, como ya he escrito en este espacio en más de una ocasión.

Incluso el tímido esfuerzo que se hizo, durante el gobierno de Dilma Rousseff, para aclarar los crímenes del período de excepción, molestó a la cúpula militar. Todavía hoy hay más de 200 personas siguen desaparecidas. Sus familias están condenadas a vivir sin poder enterrar a sus muertos y hacer el luto. Aun así, los generales detestaron la Comisión Nacional de la Verdad, que señaló a más de 300 agentes del Estado implicados en secuestros, torturas y asesinatos. Y vieron con mucha preocupación las presiones de varios actores de la sociedad civil para que el Supremo Tribunal Federal revisara la Ley de Amnistía.

Al homenajear al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, uno de los más sádicos torturadores y asesinos de la dictadura, durante su voto a favor del impeachment de Dilma Rousseff, Jair Bolsonaro prestó un gran servicio a la revisión histórica que una parte de los militares de alto rango tanto desean. Tenía que ser alguien que estuviera fuera de control quien rindiera homenaje a un torturador en el impeachment de una presidenta que fue torturada por el régimen de excepción, para, así, romper la barrera de lo que los ultraderechistas llaman de manera errónea “políticamente correcto”. El descontrol que llevó a Bolsonaro a dejar las Fuerzas Armadas e iniciar la carrera política se había convertido, en este nuevo momento del país, en algo útil para algunos pechos estrellados. Siempre se necesita a un fanfarrón sin escrúpulos para que los moderados puedan seguir puliendo sus espadas.

La elección de Bolsonaro significó la oportunidad de cambiar la historia. Y una parte de los militares de alto rango anhela cambiar la historia. O evitar que finalmente se rindan cuentas.

En 2017, el actual vicepresidente, Hamilton Mourão, defendió un golpe militar en el caso de que el poder judicial no castigara a los corruptos: o los jueces castigaban a los corruptos del país “o tendremos (el Ejército) que imponerlo”. Antes, en 2015, ya había perdido el prestigioso mando de las fuerzas militares del sur por ser ligero de lengua, al afirmar en una conferencia que la sustitución de la presidenta Dilma Rousseff tendría la ventaja de poder “deshacerse de la incompetencia, la mala gestión y la corrupción”. A principios de 2018, Mourão entró en la reserva. 

Miren dónde está ahora: en el único cargo en el Bolsonaro no lo puede despedir, porque también fue electo. Mourão, que afirmó a la emisora Globo News que admitía el “autogolpe” con “el uso de las Fuerzas Armadas” en caso de “anarquía”. Mourão, que defendió una constituyente sin participación popular, compuesta por una “comisión de notables”. Mourão, que llamó a los africanos “golfos” y a los indígenas, “indolentes”. Mourão, que dijo que las familias lideradas solo por madres y abuelas en los barrios pobres eran “una fábrica de desajustados”. Mourão, que dijo que la decimotercera paga de los trabajadores es una lacra típica brasileña. Mourão, que también admira al torturador Ustra y justificó sus actos criminales con la siguiente frase: “Los héroes matan”.

Este hombre se ha destacado en el primer mes de gobierno como Mourão, el moderado. O Mourão, el sensato. O incluso Mourão, el gentil. No solo porque Bolsonaro se está convirtiendo rápidamente en una cabra que apesta cada vez más en una sala que es demasiado estrecha para la cantidad de uniformes y estrellas en el pecho, sino también porque Mourão se ha esforzado bastante para poder convencer a Brasil de la autenticidad de su nuevo papel.

Incluso el escándalo de la promoción de su hijo, a quien de un plumazo le subieron el sueldo de 14.000 a 36.500 reales (de 3.800 a 10.000 dólares), perdió fuerza ante las sospechas que pesan sobre el hijo del presidente. A fin de cuentas, en esta disputa sin gloria, ¿qué es el ascenso de un funcionario del Banco de Brasil comparado con la sospecha de corrupción e implicación con las milicias? Este es el tipo de elección que Brasil ha tenido que hacer en el primer mes de gobierno.

No es de hoy que Mourão desautoriza a Bolsonaro y lo trata como el chico que parece ser. Como cuando le dijo a la periodista Mônica Bergamo, en el periódico Folha de S. Paulo: “No podemos descuidar nuestra relación con China (…). Eso (la declaración de que China intenta comprar Brasil) es más una retórica de campaña, ¿sabes? Con las redes sociales, fluye mucha cosa y no es la realidad. Pelearse con China no es una buena idea, ¿no?”. O: “No hay duda de que existe el calentamiento global, no creo que sea una trama marxista”.

El pasado lunes (28/01), se encontró con el embajador de Palestina y puso en duda la varias veces anunciada transferencia de la embajada de Israel, de Tel Aviv a Jerusalén, una promesa de Bolsonaro a los evangélicos neopentecostales que ven la ciudad como el futuro escenario del Armagedón. “El Estado brasileño, de momento, no piensa en ningún cambio de embajada”, afirmó el día en que Bolsonaro pasó por tercera vez por quirófano tras el atentado que sufrió durante la campaña electoral.

Mientras sonríe a embajadores y empresarios y envía recados amistosos a la prensa por el Twitter, Mourão dice bastante sobre lo que de hecho representa. Al asumir la presidencia del país cuando Bolsonaro estaba en Davos, acabó en la práctica con la Ley de Acceso a la Información, promulgada por Dilma Rousseff, una conquista de la sociedad y de la democracia a favor de la transparencia. El decreto de Mourão amplía —y mucho— el número de personas que pueden clasificar documentos del Gobierno como ultrasecretos, lo que los vuelve inaccesibles durante 25 años, prorrogables a otros 25. Ahora, incluso una parte de los cargos de confianza pueden evitar que la población tenga conocimiento de los actos del Gobierno. Es la acción más contundente de censura, y estamos solo en el primer mes. Es también un plumazo compatible con un régimen de excepción.

Ante el anuncio de Jean Wyllys de que no asumiría el cargo para el que fue elegido y dejaría el país para que no lo mataran, Mourão sonó más moderado en la prensa. ¿Pero comparado con quién? Con el presidente que hace chiquilladas en Twitter.

La declaración más valorada de Mourão fue: “Quien amenaza a un parlamentario comete un crimen contra la democracia. Una de las cosas más importantes que uno tiene es su opinión y la libertad para expresarla. Los parlamentares han sido elegidos por el voto, representan a los ciudadanos que los han votado. Independientemente de que te gusten o no sus ideas, hay que escucharlas. Si te gustan, aplaude; si no, paciencia”.

La declaración que pide más atención es: “Tenemos que esperar para ver qué amenazas son esas, porque habló de forma genérica. Si está amenazado, tiene que decir por quién y cómo. No estoy en los zapatos de Jean Wyllys. Él sabrá en qué líos anda metido”.

Primero: quien tiene que investigar y descubrir a los culpables es la Policía Federal. Segundo: no hay nada de “genérico” en las denuncias realizadas por Jean Wyllys y que generaron una medida cautelar de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos, que determina que el Estado brasileño garantice la protección del diputado y de su familia. Las amenazas de muerte contra el diputado no son genéricas, tanto que el Ministerio de Justicia de Sergio Moro se apresuró a decir que la Policía Federal estaba investigando y que ya había arrestado a por lo menos uno de los responsables. Tercero: la frase “él sabrá en qué líos anda metido” claramente busca culpabilizar a la víctima. Una amenaza de muerte no es “un lío”. Es una amenaza de muerte, es un crimen.

Mourão se ha moderado, pero todavía sufre incontinencia verbal. A fin de cuentas, no se pueden cambiar de golpe los hábitos de una vida entera. El vicepresidente que ya ha asumido dos veces la presidencia en el primer mes de gobierno es como el escorpión de la fábula: casi llega al otro margen del río, pero no puede evitar picar a la rana que lo transporta. Un problema, posiblemente, para el grupo de generales en el poder.

De momento, sin embargo, Mourão encarna al adulto en la sala. Es el padre del chico. Que, a su vez, es el padre de otro chico, el amigo y exjefe de Queiroz. Este, a su vez, no es un chico, sino la primera sombra del gobierno de Bolsonaro. Y qué sombra.

Cualquier declaración de Mourão suena mejor que los emoticones de Bolsonaro. La operación mental que caracteriza la desesperación hace que incluso los más escépticos se agarren a cualquier promesa de equilibrio. Bolsonaro ha hecho que una parte cada vez mayor de brasileños se sientan muy inseguros. Incluso quien lo votó y sigue peleándose por él en las redes sociales, con la elegancia habitual, sabe que no tiene sentido. Ya ha sido elegido. El problema ahora es que gobierna.

Entre los errores del clan Bolsonaro y de su entorno está el de creer que la prensa está muerta. No es tan fácil. Las redes sociales y plataformas de internet tienen poder, especialmente cuando se incumplen las reglas electorales con el WhatsApp, pero la televisión todavía es el principal vehículo de información de la población de Brasil. Una parte de la prensa brasileña está haciendo periodismo como hacía tiempo que no se veía. Es una pena que no haya sido siempre así.

Todos ganan cuando la prensa hace bien su trabajo. Hay que seguir prestando atención al juego duro que se hace arriba, en el piso de los dueños del poder. Se ha vuelto difícil tragar a Bolsonaro, porque se ha enfrentado directamente a parte de las familias propietarias de grandes medios de comunicación. Pero eso siempre puede cambiar. Sin embargo, tiene en contra que es imprevisible, ya que suele cambiar de idea y no cumplir los acuerdos. Por otro lado, estos propietarios cultivan buenas relaciones, que jamás han perdido, con la cúpula militar. Los días venideros nos mostrarán quién hace buen periodismo siempre, no según convenga.

Cuando hizo su vaticinio, el tercer hijo no podía saber qué efecto tendría Bolsonaro en el poder. Hecho a imagen y semejanza de su padre, el hijo se mira en el espejo y también se cree el no va más. Solo circula por las burbujas de las redes sociales y todos le dicen que su familia es increíble. La realidad muestra que, ante un Bolsonaro amenazado por el escándalo de corrupción y por su relación con la milicia sospechosa de asesinar a Marielle Franco, el vicepresidente “cuchillo en la calavera” puede asustar menos. Mucho menos. El vicepresidente “cuchillo en la calavera” se está volviendo una referencia de autoridad, confianza y equilibrio, objetivo claro de todos los movimientos de Mourão en un juego que el clan Bolsonaro tiene la ilusión de dominar, pero del que solo conoce media docena de estrategias.

El Bolsonaro fanfarrón se puede tolerar. Algunos de los grupos que apoyan su gobierno creyeron, en mi opinión con exceso de optimismo, que podrían manipular y controlar el cabeza de lista. Pero el Bolsonaro que puede estar implicado en corrupción y que tiene un hijo relacionado con las milicias asesinas de Río de Janeiro es mucho más complicado. Empieza a ser bochornoso e imposible de justificar. Según evolucionen los hechos, el olor a podrido podría amenazar el proyecto de poder. Ya no se puede volver atrás: los militares se metieron de cabeza y avalaron el actual gobierno.

¿Qué hacer, entonces, con el Bolsonaro que llega al final de su primer mes con una popularidad que empieza a deshincharse? El plan de algunos, mantenerlo en la presidencia y como fachada —al fin y al cabo, es el “mito”—, pero bajo control, puede dejar de ser una alternativa viable si las investigaciones descubren más esqueletos en el armario de los Bolsonaro. Según avance la investigación tanto de corrupción como del asesinato de Marielle Franco, el impeachment puede ser inevitable, como ya han indicado algunos articulistas. Pero sería demasiado traumático y muchos intentarán evitar la segunda destitución seguida de un presidente electo, la tercera desde la redemocratización. Hay otras posibilidades, entre ellas el cese por problemas de salud, por ejemplo. Todo depende de lo que revelen las investigaciones en las próximas semanas y meses.

Bolsonaro ya ha sentido en el pescuezo el aliento de Mourão, tanto que ha decidido trabajar, por lo menos oficialmente, desde la cama del hospital donde se recupera de una operación. Después de todo, en poco más de tres décadas Brasil ya ha tenido a tres vicepresidentes al mando: uno por muerte del titular y los otros dos por impeachment. Incluso Olavo de Carvalho, el gurú de Bolsonaro, está nervioso. Hizo un vídeo en el que vapulea a Mourão. Sin su adorador, el gurú pierde el prestigio recién adquirido. Los bochornosos ministros que recomendó —y consiguió que nombraran— también pueden convertirse en cosa del pasado.

El futuro próximo del gobierno depende en gran medida del desarrollo de la economía. Los brasileños ya han comprobado que pueden convivir con cualquier cosa si su vida cotidiana mejora o si sienten que sacan algo a cambio. Las diversas victorias de Paulo Maluf, un político que se convirtió en sinónimo de corrupción, en el mayor colegio electoral del país, están ahí para que nadie se olvide.

¿Qué quieren los militares? Muchas cosas. Quizá lo que más quieran sea cambiar el pasado y reescribir su papel en la historia de Brasil, como ya ha quedado claro. Creo que también quieren escribir un futuro que redima la imagen que desean borrar a toda costa. Ya empiezan a aparecer como héroes, como depósito de confianza en un gobierno poblado de delirantes, en el sentido estricto de la palabra, y/o de oportunistas.

No es aconsejable intentar prever el futuro, solo se pueden leer las señales del presente. El hecho más revelador del primer mes del gobierno militarizado de ultraderecha es: el parlamentario que escupió a Bolsonaro cuando homenajeó a Ustra, un torturador de la dictadura que llevaba a niños pequeños a ver a sus padres torturados, ha sido obligado a irse de Brasil para que no lo asesinaran.

(Vuelvo a la columna en marzo.)

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes – o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos, y de la novela Uma Duas. Sitio web: desacontecimentos.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter: @brumelianebrum/ Facebook: @brumelianebrum

Traducción de Meritxell Almarza

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